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Hace unos días podíamos leer el artículo de Jose Antonio Menor, en Escritor.com, que nos daba una visión esperanzadora sobre el aumento de los lectores frecuentes en nuestro país, según los datos ofrecidos por la Federación de Gremios de Editores de España.

Fomentar la lectura

Aunque en ese mismo artículo señalaba ese aumento del 11% en los lectores por los que pasan ocho o más libros al año, no podemos olvidar que sigue existiendo una gran dejadez o una notable falta de interés, de motivación o de hábito en relación con la lectura, cuando cada vez se intenta hacer más hincapié en la necesidad de fomentarla. Lo que me lleva a pensar que algo se está haciendo mal.

Habitualmente, se echa la culpa a los colegios, donde no parece que se toman las medidas oportunas o las que se toman no resultan efectivas. Argumento que me resulta fácilmente defendible, cuando he podido comprobar que por “fomentar la lectura” se entiende “obligar” a los alumnos a leer un libro, en un plazo determinado de tiempo, recomendando su lectura por tratarse de un clásico de uno de los grandes autores de nuestra literatura.

Que no digo yo que no haya que leer a los grandes clásicos, pero quizás no resulta muy motivador para un estudiante de 12 años tener que empaparse El Quijote en una semana. Lo más probable es que lo lea a disgusto, sin enterarse ni comprender lo que está leyendo y, posiblemente, recurriendo a algún portal de Internet donde le ofrezcan un detallado resumen para poder responder a las preguntas que el profesor le haga sobre el texto y así salir del paso.

Si su primera incursión con la literatura es con una obra extensa, de complicado vocabulario y por el que no encuentra ningún tipo de afinidad, posiblemente considere la lectura como un castigo más que como un regalo.

Y ahí es donde creo que falla fundamentalmente la intención del fomento de la lectura.

De lo que se trata es de hacer entender a los adolescentes que en un libro pueden encontrar interesantes aventuras en las que implicarse, entretenidas historias con las que divertirse, sorprendentes personajes con los que sentirse identificados y compartir experiencias y todo un mundo tan o más apasionante que el que encuentran en la pantalla de un televisor u ordenador.

Creo que hay que hacer un ejercicio de autocrítica y de reflexión en los que defendemos el fomento de la lectura, sobre todo hacia los más jóvenes. Incluso en los más ávidos lectores se da la situación de dejar una novela por imposible o aparcada temporalmente por diversos motivos. Personalmente, he empezado algunos libros y no he pasado de las diez primeras páginas, a pesar de poner todo mi esfuerzo e intención por seguir avanzando. Y he vuelto a abrir ese mismo libro semanas, meses o incluso años después, y no lo he soltado hasta llegar al último punto. Porque no había escogido el momento más adecuado para adentrarme en su historia, no me había aportado la satisfacción necesaria y no he sentido la obligación de leerlo, lo que me ha permitido saborearlo a su debido tiempo.

Una de las principales motivaciones para leer un libro puede ser el entusiasmo con el que otra persona te habla de él. Si queremos que los más jóvenes adquieran el hábito de la lectura, creo que sería más eficaz si lo hiciéramos transmitiéndoles todas las emociones que ese libro que le aconsejamos leer, nos ha transmitido a nosotros. Si les mostramos que van a encontrar respuestas a las preguntas propias de su edad, a aquello que despierta su curiosidad, que pueden compartir experiencias con los personajes, que les resultan cercanas y conocidas, si les enseñamos que pueden abrir su mente hacia un universo donde su imaginación va a encontrarse a gusto, va a sentirse integrada, va a hallar estimulantes fuentes donde alimentarse, es más probable que acepten nuestra recomendación. Si les mostramos todos los beneficios que pueden encontrar en la lectura y se los demostramos en nosotros mismos, es más probable que entiendan el por qué de nuestro interés por fomentarla.

La lectura es un hábito que se puede adquirir fácilmente si se recibe una satisfacción; satisfacción que puede verse mermada o impedida por la obligación o la imposición.

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