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Hace una semana me encontré una entrevista a una escritora que acaba de publicar una novela en la que, trasunto literario de por medio, se queja amargamente de que las editoriales no apuestan por los escritores noveles y desconocidos y únicamente publican a autores consagrados y/o famosos (especialmente de los que salen en la tele, esos que se saltan todas las barreras y presentan su primera novela con postín y boato sin haber dado nunca señas de sus inquietudes en el mundo de las letras).

Como todas las medias verdades tiene su parte creíble, verosímil y sustentada en el imaginario colectivo por la última floja (flojísima) novela del presentador del informativo de turno o incluso de la chica del tiempo de esa cadena de televisión. Pero la realidad es mucho más compleja. Ya en la misma entrevista empezamos a encontrar pistas cuando, en un lugar menos aparatoso que el titular y la entradilla (el periodista parece que también tiene cuentas que ajustar), la mencionada autora reconoce que es consciente de que las editoriales no son ONGs y que su objetivo es acabar el año en números negros (preferiblemente habiendo ganado un buen dinero que permita, en primer lugar, seguir sacando libros y lo que eso conlleva en tanto a la responsabilidad con los empleados, si los hubiere; y en segundo lugar, algún pequeño, o gran, capricho para el editor, o la editora).

Cierto es que las editoriales no son organizaciones caritativas pero, por mi propia experiencia y por la de otros tantos editores que tengo cerca, bien me parece que el lucro (no en un sentido amplio de la palabra) no es el principal objetivo. Puede que ni siquiera un objetivo secundario. La mayoría de los editores que conozco sólo tienen una obsesión: la subsistencia. En ese apartado incluyo la idea de ganar un sueldo digno (lejos de lo que probablemente podrían ganar si se dedicasen a otra actividad) y la capitalización económica suficiente como para seguir con su editorial abierta publicando a autores (noveles o no).

Porque no hay tantos escritores famosos dispuestos a publicar en pequeñas editoriales si pueden hacerlo en una grande donde les ofrecen un adelanto que les permita darse alguna alegría. He ahí el quid de la cuestión de esta media verdad. Son los escritores noveles los que quieren jugar en la misma liga que los autores consagrados, bien por su carrera o bien por su trayectoria profesional –de acuerdo, a veces también sirve una trayectoria personal– en los medios de comunicación, y los que sienten el rechazo de las grandes editoriales como un azote definitivo a sus aspiraciones a convertirse en escritores profesionales (algo realmente al alcance de muy, muy, muy pocos). «A mí me gusta jugar al fútbol, se me da más o menos bien, pero resulta que el Real Madrid no me ficha, así que la culpa es suya». Tengo mis dudas sobre si es un argumento bien construido…

Pero es que además esas (grandes) editoriales también publican a bastantes autores noveles y desconocidos. De hecho, gracias a editar las memorias del penúltimo famoso, pueden arriesgar y publicar a otros autores con la esperanza de que uno entre cada cincuenta sea el próximo escritor consagrado. Que te rechacen a ti no quiere decir que rechacen al 100% de las personas que se acercan con su primer libro. Y eso no debe servir como argumento para frustrarte, porque hay otros caminos (ya se ha hablado en este blog de la autopublicación) y porque el paradigma está cambiando y hay que estar atento para aprender a tomar ventaja de esos cambios (por ejemplo, una de las cosas que vamos a hacer en Escritor.com es utilizar las estadísticas de venta de los autores que se autopublican para utilizarlas como argumento para buscar editorial en las siguientes obras).

¿Y las pequeñas editoriales? Pues también ellas publican a muchos autores noveles y desconocidos (el mundo, claramente, sería un lugar más plano si sólo quienes han salido en la tele pudiesen publicar libros). Porque puede que, a lo peor, no te publican porque tus libros, esos que tanto gustan a tu madre, a tu marido, a tu hermana y a tu mejor amiga, no tengan la calidad suficiente. Puede que la crítica de la gente que te rodea esté sesgada por la relación que tienes con ellos y que eso contamine su lectura (otro de los servicios de Escritor.com será, de hecho ya lo está siendo, contar con mentores que se dediquen a analizar fríamente los libros de los autores y que les aporten críticas sinceras y honestas, algo que no le puedes pedir a los que tienen un vínculo afectivo contigo).

Pero supongo que, al final, siempre hay gente que prefiere el consuelo de que la culpa sea de los demás. Ese minúsculo triunfo de “se equivocan”, “no me entienden”, “no me quieren porque les vale más un libro-basura de Belén Esteban que una obra de arte como mi novela”… Y puede que sea así, pero ¿siguen siendo los editores los malos de la película o los miles de personas que se acercan a una librería e ignoran la última gran novela española para comprarse el último libro de cotilleo biográfico? ¿Si las encuestas dicen que a los españoles les encantan los documentales, por qué los programas de corazón y los reality shows siguen gozando de tan buena salud? Sí, los malos son los editores que publican única y exclusivamente lo que la gente compra (otro día hablaremos de libros vendidos y libros leídos). Menos mal que hay autores noveles y desconocidos que publican libros denunciando semejante mala praxis.

 

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