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Escribiendo

Sin duda, ambas. Escribir es una acción que todo el mundo sabe. Nos enseñan a juntar las letras para que tengan un significado. Aunque creo que, en los colegios —y también en casa, ya no solo referente a la expresión escrita, sino también oral—, deberían hacer más hincapié en enseñar cómo transmitir el mensaje que queremos lanzar, pues no siempre se consigue uniendo las letras y agrupando las palabras. Afortunadamente, en algunos centros se toman más en serio la expresividad y realizan actividades que fomentan esta capacidad, innata en ciertas personas, y que otras pueden aprender y mejorar.

Evidentemente, la práctica es fundamental para la labor de escribir, como para cualquier otro oficio o profesión. Pero creo que el escritor nace con esa vocación, con esa necesidad que, por supuesto, tiene que aprender a gestionar para llegar a materializarla.

Supongo que la mayoría de personas que escriben de forma habitual estarán de acuerdo conmigo en que es una necesidad. Se crean unas historias en tu mente, se dibujan unos personajes y aparecen unas situaciones que tienes que reflejarlas en el papel porque necesitan salir. El problema puede aparecer cuando no se consigue plasmar en ese folio en blanco todo lo que se ha ido diseñando en tu cabeza.

No sé si a vosotros os pasará pero, en ocasiones, cuando una idea nace de repente, la visualizas con tanta claridad que incluso sientes que la estás viviendo. Supongo que no seré la única que se ha tenido que levantar de la cama para escribir todas esas ideas que aparecen sin previo aviso. Parrafadas enteras que te van sacando ventaja y que, cuando te pones frente al ordenador, tus dedos no consiguen pillarle el ritmo por muy rápido que tecleen. Y supongo que tampoco seré la única que, después de leer todo lo escrito, no resulta tan atractivo como lo habías imaginado.
Yo he podido comprobar que a veces eso ocurre porque he querido ir demasiado deprisa. Porque la historia se ha presentado tan claramente y con tanta rapidez, que he querido representarla con la misma celeridad. Y también he podido comprobar que, para escribir, no hay que tener prisa. Porque podemos pasar por alto algunos detalles determinantes para transmitir esas emociones que hemos sentido mientras creábamos, porque no damos tiempo a que los personajes vayan adquiriendo su propia personalidad. Porque no dejamos que se adapten a las situaciones ni que las situaciones se adapten a ellos. Porque no dejamos que esas mismas situaciones vayan marcando el rumbo del relato conforme van apareciendo en el papel. Porque no nos fijamos en que, cambiando una palabra, la posición que ocupa dentro de una frase o la coma que la separa de otra, puede ser la clave para que nuestro mensaje llegue de la forma que esperábamos.

Como decía al principio, todos sabemos escribir pero no todos tenemos la misma facilidad para transmitir, comunicar, compartir y contagiar emociones escribiendo. Y eso se puede aprender. Porque a escribir, se aprende escribiendo. Porque siempre hay alguien que sabe más que tú y lo bueno es saber que puedes mejorar, que puedes aprender de tus propias experiencias y de las de los demás.

Yo estoy convencida de que el escritor nace con esa pasión, pero tiene que continuar por un camino, a veces largo y tortuoso, por el que va adquiriendo nuevos conocimientos y nuevas experiencias que lo van enriqueciendo. Es como una larga línea de producción de una fábrica, en la que sale desde un inicio con la materia prima y a lo largo del recorrido, le van añadiendo piezas, unas más grandes, otras más pequeñas, hasta que se va convirtiendo en el producto final.
Ese producto final puede ser el libro, aunque el escritor sigue su camino por esa línea en la que no dejan de añadirle cada vez nuevas piezas, nuevos elementos que le van dando consistencia, seguridad y valor.

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