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Todavía conservo el manuscrito de la primera novela que empecé con 13 años y que nunca llegué a terminar. Aunque entonces tenía más tiempo que ahora, supongo que las extensas entradas a mis diarios (que también conservo), impidió que siguiera desarrollando la historia hasta su final. Creo que desde entonces —o puede que antes, pero no guardo pruebas escritas ni memorísticas de ello— he sabido que escribir era mi pasión. Al principio lo hacía por puro placer, sin pretensiones, solo como una necesidad innata que me aportaba grandes satisfacciones personales. Con el tiempo, empecé a pensar que podría convertirse en mi profesión y llegó un momento en el que decidí intentarlo.

Pensaba que, para ser escritora, tenía que escribir un libro. La novela que empecé a los 13 (“El cazatalentos”) no ha sido la única que he dejado inacabada. La vorágine de la adolescencia primero, la dedicación al estudio después y la incursión final en un mundo laboral lejos de las letras, hacían que nunca llegara a sumergirme de lleno en la escritura. Así que, en una época en la que dejar un trabajo seguro no era tan temerario como lo podría ser en la era actual, decidí dar ese definitivo paso hacia mi objetivo de ser escritora.

Me compré un ordenador nuevo que no fuera a pedales, habilité una habitación como despacho y empecé a escribir. Ahora tenía tiempo, pero no ingresos, así que se me ocurrió hacer tarjetas y cuentos personalizados para sacar algo de dinero. Estaba muy motivada —la creatividad se estimula creando— y pronto tuve una primera novela acabada. Pero entonces llegó esa parte de la realidad con la que no había contado. ¿Qué hacer con la obra? ¿Cómo publicarla? ¿Quién podía darme una opinión objetiva sobre ella? Empecé a contactar con todas las editoriales. Algunas me pidieron que enviara el manuscrito para su valoración, otras me rechazaron directamente y también hubo las que ni siquiera contestaron. De las tres o cuatro que recibieron mi obra, obtuve una respuesta similar: “aunque la valoración de su texto es positiva, sentimos informarle que tenemos cerrados nuestros planes editoriales” o “no encaja con nuestra línea editorial”.

¿Qué quiere decir una valoración positiva? Muy positiva no será cuando la rechazan, ¿no? Entonces, ¿qué podía hacer? Si hubiera obtenido una valoración negativa, al menos sabría qué tendría que mejorar. Pero quienes habían leído mi novela también hablaban positivamente de ella y eso, unido a mi necesidad de seguir creando historias, me bastaba para seguir intentándolo.

Mantuve la ilusión, las ganas de seguir aprendiendo y de no rendirme, y tuve la suerte de conocer gente del sector que iba respondiendo a las preguntas que iban surgiendo conforme me hacía más perseverante en alcanzar mi objetivo.

Conocí a Ángel María y a Bubok —que nació de otro proyecto, Grupobúho —, y me dio la oportunidad de autopublicar mi novela.

Mi sueño se hacía realidad; en la estantería habría un libro escrito por mí, con mi nombre, con mi foto en la contraportada. Organicé una presentación inolvidable, me entrevistaron en las radios y televisiones locales, vendí todos los libros que lancé en la primera edición y todavía tuve que hacer una segunda. Entonces, ¿ya era escritora? Pues la verdad es que yo no me sentía como tal.

Sí, escribí una novela, la autoedité y recuperé lo invertido, incluso gané un poco de dinero. Pero la mayoría que compró el libro —por no decir todos— era familia, amigos o conocidos que, posiblemente, me habrían comprado cualquier cosa que les ofreciera con tanta ilusión.

Al cabo de unos años, coedité una segunda novela que también tuvo muy buena aceptación por un grupo de lectores muy similar al anterior. Con la diferencia de que mi experiencia con la editorial que se ofreció a publicar mi libro fue mucho menos satisfactoria. La ilusión que me hizo saber que una editorial se había interesado en mi obra nubló mi visión de la realidad. Pensé que estar respaldada por un sello me iba a dar más garantías y descubrí que obtuve menos ingresos por el mismo trabajo. Nadie revisó mi texto, yo tuve que arreglar la pésima maquetación que habían hecho, yo diseñé la portada, preparé la sinopsis y contacté con los medios de comunicación que me atendieron. También organicé mi presentación, aunque sin poder elegir el día para hacerla. Y todo ello, a cambio de un 90% menos de beneficios por cada libro vendido.

Pensé que publicar una novela de la mano de una editorial me iba a ayudar a sentirme escritora y me equivoqué.

¿Qué ha hecho que me sienta escritora? Todo lo que he vivido durante este tiempo y cómo lo he hecho. He ido aprendiendo de los errores y de los aciertos. He ido forjando mi camino paso a paso, con constancia, con los ojos bien abiertos y con unas crecientes ganas de seguir aprendiendo. He ido conduciendo mi destino hasta dónde quería llegar. He ido creyendo, poco a poco, que soy escritora. Y no ha sido solo por tener un libro con mi nombre en una estantería, ni publicar con una editorial, ni tampoco el hecho de dedicarme a redactar contenidos de todo tipo, desde artículos para Internet hasta libros por encargo. Ha sido gracias al conjunto de todas esas circunstancias. Circunstancias que han ido enseñándome a cada paso, que me han colmado de grandes experiencias y que han ido creando mi profesión.

Ahora, no solo sigo vinculada íntimamente al mundo de las letras, sino que Escritor.com me permite la posibilidad de mostrar y compartir todo lo aprendido. Creo que puedo ayudar a que otros autores se sientan también escritores, tanto si llegan a publicar con una gran editorial como si solo quieren tener un libro con su nombre en una estantería.

Estoy convencida de que Escritor.com es lo que necesitan miles de autores que se encuentran desatendidos, perdidos o abandonados. Autores que, como yo, tienen una pasión; escribir.

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